El estrés que afecta a mamá también me afecta


La influencia del estrés crónico en la etapa pre y posnatal




Desde una perspectiva biológica, el estrés crónico no es exclusivo de la vida adulta. Estudios recientes han evidenciado que el feto puede verse afectado por niveles elevados de cortisol en la madre durante el embarazo, lo que indica que el estrés puede estar presente incluso antes del nacimiento. Durante la infancia, las experiencias adversas, como el maltrato o la inestabilidad familiar, pueden generar respuestas de estrés que afectan el desarrollo emocional y cognitivo. 

El estrés en la etapa prenatal

Existen estudios que hablan sobre un asociación significativa entre el estrés materno y la ansiedad lo que estarían generando problemas cognitivos, conductuales, de lenguaje y emocionales.

En casos de estrés extremo y crónico durante el embarazo y los primeros años de vida, la desregulación de los niveles de cortisol puede afectar las regiones del cerebro implicadas en el miedo, la ansiedad y la respuesta impulsiva, lo que puede generar una sobreproducción de conexiones neuronales; mientras que las regiones dedicadas al razonamiento, la planificación y el control del comportamiento pueden producir un menor número de conexiones neuronales (Shonkoff et al. 2012; Shonkoff et al. 2014; Teicher et al. 2016).


Entre los factores de riesgo para presentar alteraciones psicológicas durante el embarazo se encuentran una historia personal o familiar de enfermedades psiquiátricas o uso de drogas, historia personal pasada de abuso sexual, físico o emocional, y una historia pasada de depresión, el cual es el factor que más fuertemente predice síntomas depresivos antenatales. El estrés y la ansiedad materna pueden afectar al feto durante todo el embarazo pero lo hacen de manera distinta de acuerdo a la etapa de gestación en que se encuentra y de qué áreas del cerebro se están desarrollando. 






El estrés tóxico y las experiencias adversas a las que está expuesto el feto y el niño o niña durante sus primeros años de vida cambian la arquitectura de su cerebro, lo que tiene consecuencias a nivel físico, psicológico y neurocognitivo para él o ella, incluso en el largo plazo. Las madres que viven en condiciones de pobreza y privación son más propensas a experimentar estos trastornos y tienen menos redes para contrarrestar sus efectos (Johnson et al. 2016).



     

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